segunda-feira, 22 de dezembro de 2025

Grünewald no Iraque - Grünewald en Irak


Não foi o Reno, nem a cinza
das florestas alemãs que lhe guiaram o pulso,
mas o Tigre — lâmina líquida —
onde o sol se desfaz em ouro doente.

Grünewald chegou a Bagdá
como quem troca o altar pelo incêndio,
trazendo nos olhos o Cristo retorcido
e nas mãos o vício da cor em agonia.

Ali, as muralhas falavam em ocre,
as cúpulas rezavam em azul incendiado,
e o mercado era um coro de romãs abertas
sangrando perfumes e blasfêmias.

Ó cidade onde o pó é luz cansada,
onde a sombra tem sabor de tâmaras,
ele aprendeu que o vermelho não é ferida,
mas véu — e o véu, promessa.

Pintou mulheres como quem aprende um novo pecado:
quadris em crescente lunar,
olhos que carregavam a noite inteira
e bocas onde o silêncio ardia mais que vinho.

E pintou homens —
bronze vivos, músculos como versículos,
barbas onde o tempo se enroscava
feito serpente mansa e antiga.

Perdeu-se.
Não na luxúria fácil, mas na vertigem:
cada cor lhe exigia a alma inteira,
cada rosto o despia de sua Europa.

O amarelo virou febre,
o azul, um grito contido,
o verde — impossível na sua pátria —
ressuscitou como milagre profano.

Grünewald esqueceu o martírio
porque Bagdá lhe ensinou outro:
amar o excesso,
sofrer de beleza até o osso.

E quando voltou — se voltou —
trazia nas telas um Oriente indizível,
onde Cristo tinha olhos árabes
e a dor aprendia a dançar.




No fue el Rin, ni la ceniza
de los bosques germánicos quien guió su pulso,
sino el Tigris — cuchilla líquida —
donde el sol se desangra en oro enfermo.

Grünewald llegó a Bagdad
como quien troca el altar por el incendio,
con un Cristo torcido en las pupilas
y en las manos el vicio agónico del color.

Allí las murallas hablaban en ocre,
las cúpulas rezaban en azules incendiados,
y el mercado era un coro de granadas abiertas
sangrando perfumes y blasfemias.

Oh ciudad donde el polvo es luz cansada,
donde la sombra sabe a dátiles,
aprendió que el rojo no es herida,
sino velo — y el velo, promesa.

Pintó mujeres como quien aprende un nuevo pecado:
caderas en cuarto creciente,
ojos que cargaban la noche entera
y bocas donde el silencio ardía más que el vino.

Y pintó hombres —
bronces vivos, músculos como versículos,
barbas donde el tiempo se enrosca
cual serpiente mansa y milenaria.

Se perdió.
No en la lujuria fácil, sino en el vértigo:
cada color le exigía el alma entera,
cada rostro lo despojaba de Europa.

El amarillo se volvió fiebre,
el azul, un grito contenido,
el verde — imposible en su patria —
resucitó como milagro profano.

Grünewald olvidó el martirio
porque Bagdad le enseñó otro:
amar el exceso,
padecer de belleza hasta el hueso.

Y cuando volvió — si volvió —
llevaba en los lienzos un Oriente indecible,
donde Cristo tenía ojos árabes
y el dolor aprendía a danzar.

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