Hijos míos, mi sangre,
acepten con gracia
el saque de vuestra herencia.
La casa cruje como un mueble viejo,
cada recuerdo tiene una etiqueta
con precio tachado a lápiz.
No heredarán oro,
sino el polvo noble de las gavetas,
la astilla moral de las mesas comidas por el tiempo.
Somos todos comerciantes de muebles usados:
vendemos lo que amamos
porque pesa demasiado.
Yo también fui inventario,
cómoda con una perna coja,
escritorio manchado de culpas.
Perdonen este legado:
no es pobreza,
es a contabilidad da alma.
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