terça-feira, 30 de dezembro de 2025

No quedará en la noche una estrella


No quedará en la noche una estrella.
No quedará la noche.

Lo supe al verla cruzar el umbral del tiempo,
rubia como una memoria del norte,
vestida de encaje tan leve
que no ocultaba el mundo
sino que lo revelaba.

Su transparencia no era del cuerpo,
sino del instante.
El encaje nórdico —blanco, casi infinito—
parecía una geometría del frío,
una antigua runa
aprendida por la luz.

No era desnudez:
era destino.
Como si el tejido supiera
que todo velo existe
para enseñar lo que no puede decirse.

En sus hombros descansaba la tarde,
en su paso, la certeza
de que la belleza no pide permiso
y no se repite.
La miré como quien mira
una biblioteca arder en silencio.

No quedará en la noche una estrella.
Porque ella era la constelación.

No quedará la noche.
Porque al pasar,
abolió la sombra
y dejó al tiempo sin refugio.

Así la recuerdo:
no como mujer solamente,
sino como una forma del infinito
que eligió, por un momento,
ser visible.

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