El dieciocho de agosto, la lluvia caía tranquila y suave sobre los tejados de las casas del Norte. La gente iba a los mercados y regresaba feliz por tener en sus bolsas muchas frutas y verduras. En aquel tiempo, los hombres lobo eran raros y solo se podian ver en los montes y bosques al otro lado del río que cruzaba la ciudad como una enorme serpiente ondulada. Algunas personas del lado derecho, entre el largo puente y el punto de las prostitutas y otras partes del país, llamaban a la ciudad la Ciudad del Río. El nombre de la ciudad era muy antiguo, y algunos ancianos harapientos, capaces de recordar incluso las cosas más profundas del océano, decían que su verdadero nombre significaba “Vena de Plata”. La ciudad se llamaba Altopicoshuypis.
Los más valientes, aquellos que tenían dientes de oro en la parte delantera de la boca, se adentraban en la selva en busca de encuentros peligrosísimos. Volvían contando cosas que erizaban los cabellos de los más cobardes y hacían que el dueño del bar más concurrido de Altopicoshuypis carraspeara como dudando de todo lo que contaban.
—Me topé de frente con un enorme Mapinguari —dijo Fulorzinho, que era un cazador experimentado—. Era grande y rojo, nunca vi una criatura más extraña y lenta.
—¿De verdad? —dudaba el dueño del bar, el turco Malamed—. ¿Era rojo y grande?
—Eso mismo fue lo que acabo de decir, turco —replicó Fulorzinho irritado—. ¿Ustedes los de Turquía no saben escuchar?
—Quien tiene oídos, oye. Es lo que decía mi padre cuando vivíamos en Estambul. Pero es difícil creer en fábulas como esas, Fulorzinho.
—Pues el bicho parecía una pereza enorme. Debía de tener cuatro metros de altura —dijo Fulorzinho, secándose la boca con una servilleta en forma de topo.
Las conversaciones del bar del turco Malamed giraban en torno a tales acontecimientos. Entre bebidas y banquetes, algunos insensatos osaban contar casos de encuentros entre ellos y los vampiros de la región. Pocos se atrevían a hablar de los curupiras que andaban por el bosque, atrapando cazadores para que dejaran en paz a las pequeñas criaturas que allí vivían.
En el pequeño barrio de Boa Esperança, Melquisedeque no tomaba en cuenta ninguna de esas bravuconadas. Decían que era igual al viejo turco, por lo que no aguantaba escuchar leyendas. La gente movía la cabeza en señal de desaprobación cuando Melquisedeque pasaba, debido a su terquedad en negar todo lo que fuera fundamentalmente sobrenatural. El corazón de Melquisedeque se asomaba como un pájaro de hierro, haciendo que las muchachas de pechos enormes suspiraran de pasión por él. Su esposa ya estaba embarazada y el bebé estaba a punto de salir caminando de su vientre cuando divisó una enorme serpiente en el patio y volvió corriendo a la protección del útero materno.
—Tu hijo va a ser un cobarde, Melquisedeque —dijo Florbela, carcajeándose de placer al sentir al bebé pateando de nuevo su vientre.
—Va a ser macho como su padre —respondió Melquisedeque, resoplando entre su diente muy blanco y su lengua de hipopótamo—. Y tampoco va a creer en los cuentos de camino que esa gente sin sentido vive repitiendo como loros en el bar del turco.
Las noches se volvieron frías y húmedas en la ciudad cuando ocurrió algo insólito que erizó el corazón del más valiente. Dijeron que Ana Batista, hija del coronel Batista, había tenido un hijo con el vaquero Jorge Pingão. El vaquero, que era el empleado más respetado del coronel, recibió la bendición del patrón para casarse con la niña, que de tan blanca lograba parecerse a un oso polar, aun viviendo en una tierra donde la nieve solo aparecía cuando los ángeles se empeñaban en derramar caspa por los rocíos del campo. El vaquero y la niña tuvieron un hijo. En esa época, el vaquero acostumbraba a leer libros terribles de encantamientos, y había tenido un terrible problema con una hechicera que vivía al otro lado del río, entre los árboles. Por causa del maleficio enviado por las brujerías de tal bruja, el vaquero pasó, día por medio, a transformarse en un terrible hombre lobo de plumaje seco, con cara de lobo recorriendo la ciudad, sus ojos rojos espumando como saliva y su boca abierta queriendo sangre y sufrimiento.
—Tengo la seguridad de que la hechicera lo encantó por algo que él le hizo —dijo Maria Chuchu, la mayor chismosa de la ciudad.
—Deja de decir tonterías —dijo Melquisedeque—. Están diciendo que el vaquero perdió una apuesta de juego y, para saldar la deuda con el coronel, su suegro, tuvo que hacer un pacto con el Maligno.
—¿Ah, sí? —aguzó los oídos en la puerta de la casa Maria Chuchu, quien de tan curiosa terminó recibiendo un disparo del ala de un ángel que acabó cayendo de Noruega y, sin querer, cayó encima de su tejado, dejando a la mujer muerta por un milagro de segundos. Esa también fue la opinión de Marieta; aquella niña siempre fue una gran chismosa.
—Chisme o no, hay que tener cuidado —dijo Florbela—. Todo el mundo sabe que al hombre lobo le gustan los recién nacidos.
—Debe ser por eso que tu hijo ya no quiere salir de tu útero, ¿verdad? —dijo Maria Chuchu, dando una risita salada de cebolla y guiñándole un ojo a Melquisedeque, quien volvió el rostro hacia la luna y suspiró haciendo que dos ajos salieran de sus narices.
Después de que el caso del hombre lobo llegara a los oídos del dueño de un circo cerca de la ciudad vecina, este se empeñó en llevar su carpa y su tropa circense a la ciudad, ganando algo de dinero con la ventaja de decir que el Hombre-lobo estaba en posesión de su circo, y que con apenas una moneda de oro cualquier persona, fuera joven, anciano, necesitado o rico, podría ver a la criatura e incluso podría lanzarle piedras por encima de los barrotes. Melquisedeque llegó incluso a llevar a Florbela y a su hijo dentro del útero al circo, solo para recordar los momentos en que vio a las bailarinas sobre la cuerda floja, en el tiempo en que vivía en Paraíba. Quedó horrorizado con el trato que la gente de la ciudad de Altopicoshuypis le estaba dando al Hombre-lobo, que más parecía ser un anciano muy peludo, con los dientes frontales todos flojos y, en lugar de tener garras, sus manos parecían recordar las aletas de una foca. Con cada piedra que el pueblo le lanzaba, Melquisedeque sacudía la cabeza en señal de reprovación. “El pueblo nunca elegirá a Cristo. Siempre optará por Barrabás”, pensó para sí mismo, cruzando su mirada con la del Hombre-lobo, quien abrió una gran sonrisa en señal de que había entendido telepáticamente la frase que Melquisedeque acababa de decirse a sí mismo.
Era el dieciocho de agosto y la lluvia parecía sentir un tedio inmenso de estar cayendo sobre el suelo de Altopicoshuypis. Los brujos que abrían sus tiendas y usaban turbantes en la cabeza estaban sentados ahora frente a la Plaza Central. Comentaban sobre los últimos acontecimientos en la ciudad. El aumento de los turistas norteamericanos hacía que rollos de dólares pudieran ser lanzados por las esquinas. Había un movimiento absurdo de personas extrañas por todas partes.
—Esto parece la India —dijo Fulorzinho con la pipa en la boca.
—Gracias a Dios por eso —dijo Malamud.
Las niñas menores de edad miraban hacia la calle con sus ojitos de pez. Estaban cumpliendo dieciocho y diecinueve años, y veían los rollos de dinero que los turistas arrojaban a la calle. El aumento de la prostitución fue drástico. La dueña del burdel local era una señora gorda que se adornaba con muchas joyas en los brazos, en el cuello, y en cada dedo había un anillo de oro o con una piedra de diamante. Aunque no le importaba el origen de las jóvenes a las que permitía usar su inmenso establecimiento para vender sus cuerpos, tenía la esperanza de darle una vida buena y religiosa a su hija, Sâmara, que tenía un rostro delicado y una voz lenta de nube. Se hizo conocida en todo Altopicoshuypis la desobediencia de la hija de la alcahueta, que se empeñó en salir a una fiesta llena de vino y orgías por todas partes, justo en el lado sur de la ciudad, donde se podían ver turistas con maletas llenas de dinero en todo lugar. Al volver a casa, Sâmara se topó con la cara de su madre con un furor terrible, como si acabara de declarar la guerra al mundo. Después de darle una paliza con hierro caliente a su hija, costumbre de los más antiguos, la severa dueña del burdel gritó:
—No te quiero más en mi casa. Ahora vas a aprender lo que es ser una cualquiera, cara de yegua.
En minutos mágicos, la joven salió de la casa, no sin antes ver cómo su rostro se transformaba en una cara larga de caballo, conservando los rasgos femeninos de la adolescencia en el cuerpo, como si fuera un minotauro. Al ver en el espejo lo que había sucedido con su rostro, Sâmara salió disparada sin lograr pronunciar palabra alguna, solo gritando a gran voz, erizando a los habitantes de Altopicoshuypis: “¡CABALLA! ¡CABALLA! ¡CABALLA!”.
—Qué noche más extraña esta —murmuró Melquisedeque, mientras Florbela le preparaba una sopa tras haber regresado del trabajo—. ¡Nada extraordinario sucede en esta ciudad!
Fin
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