En la luciente aurora de tu frente,
donde el nácar compite con la nieve,
un metal de los rayos se despreve,
en hebras de un tesoro reluciente.
No es el Tajo, en su curso diligente,
quien ricas venas de su arena mueve,
ni el que en la lengua del avaro llueve,
sino tu trenza, al sol resplandeciente.
Midas de fuego, Amor, en su porfía,
anuda en lazos de oro el pensamiento,
prisión de luz que el alma solicita;
que si el metal la tierra busca un día,
el oro de tu amor, al firme acento,
en cielo de mi pecho se eterniza.
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