La luna, hoz de plata, hiere el aire.
Se va el olivo, se va el mirar oscuro.
Canta el remo la pena del madero,
y el mar de sal lame el adiós impuro.
Verde jazmín, recuerdo de la Alhambra,
se desangra en la brisa el último velo.
Niño de arena llora sin la sombra del
ciprés que fue su único consuelo.
Los ojos negros, brasas del desierto,
miran la sierra que se vuelve nube
. Un suspiro de incienso, casi muerto,
por el aire doliente ya no sube.
Caballos blancos, crines de rocío,
beben la angustia de la espuma amarga.
El alma mora, llanto de río frío,
una estrella fugaz al exilio carga.
¡Ay, España, cuchillo de melancolía!
Tu sangre mora, que fue tu aliento
y vida, navega ahora en la noche vacía,
por la salmuera que cura y que te olvida.
Y en el África, cuna de los vientos,
espera el sol, arena y palmerales.
Pero el corazón, cargado de lamentos,
se quedó en Granada, entre los rosales
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