Havia naquela Boca de África um silêncio que não era ausência, mas a acumulação de séculos. Era uma boca serena e negra, esculpida pelo cinzel da história, que guardava o hálito das gentes e o segredo das travessias. Ao encará-la, percebia-se o olhar forte do cosmos, uma visão que não se limitava ao horizonte imediato, pois trazia o brilho frio das estrelas e o fogo das savanas gravado nas pupilas. Tu carregas — dizia-lhe o vento — o fardo e a glória de uma herança que não se extingue. Estavas cheia, transbordante, habitada por uma vida brasileira que pulsava como um coração indomável sob a pele de ébano. Era uma vida que se refazia no barro e no ouro, na dor e no júbilo. Pois aquela Boca de África, em sua quietude serena e negra, era, em verdade, o portal por onde o Brasil aprendia a nomear a sua própria alma.
Había un silencio en esa Boca de África que no era ausencia, sino la acumulación de siglos. Era una boca serena y negra, esculpida por el cincel de la historia, que custodiaba el aliento de la gente y el secreto de las travesías. Al mirarla, se percibía la poderosa mirada del cosmos, una visión que no se limitaba al horizonte inmediato, pues llevaba el frío brillo de las estrellas y el fuego de las sabanas grabados en sus pupilas. Llevas —el viento te lo decía— la carga y la gloria de una herencia que no se desvanece. Estabas lleno, rebosante, habitado por una vida brasileña que latía como un corazón indomable bajo una piel de ébano. Era una vida que se rehizo en arcilla y oro, en dolor y alegría. Porque esa Boca de África, en su quietud serena y negra, era, en verdad, el portal a través del cual Brasil aprendió a nombrar su propia alma.
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